Mapa del sitio | ![]() |
Portada | ![]() |
Redacción | ![]() |
Colabora | ![]() |
Enlaces | ![]() |
Buscador | ![]() |
Correo |
![]() |
![]() |
24 de marzo del 2007 |
Félix Ovejero Lucas
Geoff Eley
El liberalismo, el desorden y la democracia
No carece Un mundo que ganar de méritos y originalidades. Un primer mérito, casi una obligación cuando se hace historia, es el apoyo documental, sedimentado en casi doscientas páginas entre notas y referencias (6). Otro, que, sin tratarse de un libro de historia de las ideas socialistas, detecta los pensadores importantes y, en pocos trazos, proporciona ajustadas descripciones de sus tesis. Sucede con la crítica de raíz radicalmente democrática de Marx al blanquismo, a la "imaginería de barricadas, insurrección popular, líderes conspiratorios disciplinados, sacrificios heroicos y dictadura necesaria", con el marxismo "subjetivista" de los años veinte (Lukács, Korsch, Gramsci) y también con propuestas económicas (la democracia económica de Fritz Naphtali en Alemania, el Plan de Man en Bélgica) que, a pesar de alcanzar un atendible grado de precisión, el propio vértigo de esos mismos años impidió que pasaran de los papeles a la práctica. Entre las originalidades están las mencionadas de elección de enfoque, en especial la sensibilidad hacia los "nuevos movimientos sociales", lo que le permite seguir el rastro de las rebeliones que no siempre encontraron un cómodo cobijo en la izquierda tradicional, entre ellas, muy destacadamente, el movimiento feminista. Y, por supuesto, está la tesis central: la conquista de la democracia ha sido, fundamentalmente, tarea de la izquierda. Más exacta y rotundamente: "Los avances más importantes y duraderos para la democracia sólo se han conseguido por medio de la turbulencia y el desorden: como resultado de las movilizaciones más amplias y la acción colectiva organizada, con frecuencia en medio de violentos enfrentamientos públicos de creciente gravedad, normalmente acompañados por una crisis social generalizada y el fracaso del orden gubernamental y en nombre de la resistencia justificada contra formas coactivas de injusticia, autoritarismo y opresión [...]. Además de la búsqueda de la justicia, esas crisis entrañan mucha bajeza, violencia, crueldad y pérdida de vidas. Pero, a pesar de ello, abren un espacio esencial para la intensificación de la democracia ". Como el autor destaca en el prefacio escrito para la última edición, ese paso de más lo separa de otros historiadores "socialdemócratas contemporáneos " (7) que han ceñido sus trabajos a las estrategias parlamentarias y electorales. Eley reconoce que las perspectivas radicales pocas veces disponían de programas, y que andaban sobrados de maximalismo y utopía, pero, a su parecer, sin ellos, sin su capacidad para desbordar a la izquierda institucional, cuando "las esperanzas y las exigencias de las bases se adelantaban mucho a lo que los líderes podían imaginar o apoyar", las conquistas democráticas nunca habrían tenido lugar. Esa es seguramente la tesis política más fuerte de Eley y merece que nos detengamos un instante sobre ella. Tesis de ese vuelo, tan elevado, no son fáciles de tasar empíricamente. Mejor dicho, nada es más fácil que encontrarles problemas. Pueden ser informativos, datos que se ignoran. Siempre hay "hechos" a contraponer. Los antropólogos incluso han acuñado una expresión, el bongobongoísmo, para referirse a ese proceder que consiste en abortar cualquier intento de generalización que venga a decir: "Sí, bueno, pero existe una tribu, los bongo bongo, en donde las cosas no son así". En el caso del ensayo de Eley, solventemente documentado, incluso el lector que no es historiador profesional también tiene la tentación de echar mano de sus propios bongo bongo, sobre todo cuando más se acerca a nuestro tiempo. Sin embargo, no creo que sea del todo correcto un proceder que, aplicado consecuentemente, condenaría el género entero de la historia comparada. Seguramente, un peaje excesivo. En este tipo de quehaceres, si el cuadro básico resulta plausible, si los datos fundamentales encajan sin rozamientos, podemos darnos por satisfechos. También se pueden poner pegas a la interpretación, datos que se ponderan mal o que se dispondrían en otro orden, de modo que apareciera un paisaje diferente8. Esto ya es de más difícil evaluación, sobre todo cuando se trata de historia política. No me parece, en todo caso, que, en líneas generales, el cuadro de Eley esté muy desenfocado, que le falte talento para percibir las tendencias importantes. En tales casos, no es una mala estrategia, cuando es posible, comparar la composición con aquello que se conoce de cerca. Y si se repasan las pocas pinceladas que ofrece Eley del ascenso y caída del PSOE de Felipe González, el relato resulta bastante atinado. Lo cierto es que algunas páginas de Un mundo que ganar revelan la presencia de ese singular talento, difícil de precisar en algoritmos, que bien se podría llamar "instinto de historiador" y que se muestra en la capacidad para identificar, entre toda la información, las circunstancias relevantes y, en una síntesis solvente, dar cuenta de su eficacia causal. Justo es advertir que, como confirma este trabajo, aquel instinto no siempre va acompañado de la soltura de prosa. Pero no es menester echar pie en tesis genialistas de la historiografía romántica para defender la interpretación de Eley. Hay razones más precisables, empezando por su compatibilidad con una tesis razonablemente asentada en filosofía política acerca de la difícil convivencia entre el liberalismo y la democracia. Mientras el liberalismo, comprometido fundamentalmente con el principio de libertad negativa, con la minimización de las interferencias en la vida de cada cual, busca la protección frente a las intromisiones públicas, la democracia, en sus versiones más participativas y directistas, parece reclamar que todos decidan sobre todo, que el conjunto de los ciudadanos participen en las decisiones sobre los asuntos colectivos, cuantos más mejor. Por eso el liberalismo busca atrincherar con derechos la libertad de los individuos y con sistemas de delegación del poder en representantes -alejados del control de los gobernados- limitar las exigencias de participación y, de paso, impedir que las decisiones de la mayoría, dependientes del interés desnudo, atenten contra los intereses de los menos; por eso, en fin, el liberalismo ve con malos ojos el ejercicio sin límite de la democracia. En suma, que la tesis central de Eley tiene argumentos de principio en su favor: la lucha por la democracia no estaba entre las prioridades de las tradiciones liberales, antes al contrario, la democracia se ha impuesto contra la voluntad de muchos liberales que veían en ella el camino a la dictadura de las mayorías y, en particular, a las intromisiones de los desfavorecidos. Por supuesto, una cosa es la disputa de conceptos y otra la historia; una cosa es creer que hay tensiones conceptuales entre democracia y liberalismo, y otra lo que verdaderamente pasó. Salvo fervores hegelianos, no hay por qué esperar que la historia camine en la dirección de la razón. La Revolución Francesa se resolvió en las calles, no en un congreso internacional de científicos políticos que mostraran la superioridad normativa de la democracia sobre el absolutismo (9). La izquierda, por supuesto, disponía de un ideario en el que la democracia se trababa sin chirriar con las aspiraciones igualitarias. Pero las ideas habrían quedado en agua de borrajas si no se hubieran respaldado en segmentos sociales y en su movilización, en la fuerza, en suma. Eley, por historiador, lo sabe bien y precisamente una de sus tesis políticas fuertes ahonda en esa dirección, que deja poco margen a la convicción de que la historia se vence del lado de los proyectos, únicamente porque se sustentan en las mejores razones: "En los contextos más importantes de la innovación democrática del siglo XX […] los avances más decisivos fueron fruto de exceso, […] [de la] acción directa, polarización, técnicas coactivas y cierta lógica de enfrentamiento". Su reconocimiento de que buena parte de la historia de los avances de la democracia hay que atribuirlos a lo que, utilizando libremente una expresión de un constitucionalista estadounidense, podrían llamarse "momentos constitucionales", actos revolucionarios de la ciudadanía movilizada que se expresa, no sin ambigüedades, mediante acciones públicas y no pocos tanteos institucionales (10), es una invitación a la meditación frente a quienes descalifican las propuestas radicales porque no disponen de planos detallados acerca del itinerario de la historia (11). Después de todo, buena parte, acaso la mejor, de los cambios importantes en la emancipación de la humanidad, desde la abolición de la esclavitud hasta la extensión del derecho del voto -y en especial, del voto femenino-, se podría entender y justificar mejor desde este punto de vista. No faltaron en cada caso quienes se echaron las manos a la cabeza ante las terribles consecuencias, incluyendo las imprevisibles, pero, afortunadamente, porque la historia no es ingeniería política sino pelea, las propuestas liberadoras no se paralizaron (12).
Notas
(6) Por cierto, que se echa a faltar alguna referencia
a un trabajo teórico apreciable -con
fuentes limitadas, aunque algunas de primera
mano- realizado por un protagonista de la
historia que cuenta, como es el de Fernando
Claudín, La crisis del movimiento comunista.
De la Komintern al Kominform, París, Ruedo
Ibérico, 1970 (Eley cita otros trabajos de Claudín,
también traducidos al inglés). No es la
única ausencia en lo que atañe a la internacional
comunista: tampoco se cita el de Milos Hájek,
antiguo director del Instituto de Historia
del Socialismo, de Praga, perseguido después
como disidente: Historia de la Tercera Internacional,
Barcelona, Crítica, 1984, un libro
sobre todo importante para el período de frente
único y que maneja fuentes de primera calidad.
En ese sentido, la ausencia de fuentes rusas
no traducidas condiciona la investigación
de Eley.
Fotografía: Bajo arresto. Sufragista de la clase trabajadora seguida por mujeres de la clase media.
|
||