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La insignia
19 de septiembre del 2006


Las religiones y la libertad de expresión


Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan
La Insignia. España, septiembre del 2006.


Las declaraciones del Papa en la Universidad de Ratisbona han causado un revuelo que ha de extrañar a cualquiera que no se deje guiar con las anteojeras ideológicas del momento. Al fin, no hay nada nuevo en la conferencia que pronunció. Es difícil que haya una mínima novedad en cualquier persona a su edad, y más aún si pertenece a una asociación que no permite la disidencia ni la innovación.

Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo aquí y allá? ¿por qué la gente se alinea a favor o en contra? ¿por qué aparecen hermeneutas que intentan descifrar el significado último de las palabras del pontífice cristiano? ¿y otros que le conminan a pedir perdón a los musulmanes, o que consideran que ha insultado gravemente a estos?

La respuesta está en la alusión a la yihad o guerra santa, término religioso difícil de precisar, pues como todos los de su clase es ambivalente. Las religiones mantienen una calculada ambigüedad en sus formulaciones y en sus conceptos -exceptuando el núcleo dogmático- que les permite significar lo que en cada momento se requiera. De ahí que yihad pueda ser la guerra santa en su sentido más estricto como guerra espiritual que cada individuo lleva a cabo consigo mismo en pos de la mejora y final salvación. Por lo mismo, pueden decir que el cristianismo o el islam son religiones en las que la mujer desempeña un papel muy destacado y al mismo tiempo relegarlas a papeles secundarios, calificarlas de impuras o, simplemente, deshacerse de ellas sin más, ya sea mediante la lapidación o los juicios inquisitoriales a las brujas. Las religiones cumplen un papel de regulación social que se remonta al remotísimo pasado y que ignoran los cambios que la sociedad experimenta. Está en su naturaleza la imposibilidad de aceptar las críticas ni las libertades de pensamiento ni expresión. No es de extrañar entonces que cuando el Papa criticó la violencia islamista en que se apoyó para su expansión, los musulmanes hayan reaccionado de manera furibunda. Lo mismo ha practicado la Iglesia, y no solo en el pasado más o menos remoto. En los años ochenta, los católicos se organizaron para impedir la representación de Teledeum, obra de Els Joglars que criticaba a la jerarquía católica. Y años más tarde, a raíz del estreno de Te saludo, María, película de Jean-Luc Godard, volvieron a arremolinarse en las entradas de los cines para disuadir a las personas de que entrasen.

El problema, sin embargo, se plantea de manera diferente. ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión? ¿Podemos criticar las religiones, sus dogmas y sus instituciones? ¿O, por el contrario, debemos guardar un prudente silencio ante ellas? ¿La crítica, que no es sino la expresión juicios de valor fundamentados, ha de estar permitida para todos, o solo para unos pocos elegidos? ¿Se puede criticar a la religión católica y no a la musulmana? ¿Por qué algunos ponen tanto empeño en defender a los musulmanes cuando, bien mirado, las diferencias entre ambas religiones son de quién ostenta más poder? ¿Qué habría ocurrido hoy si Salman Rushdie hubiera publicado ahora los versículos satánicos? ¿Por qué no hubo manifestaciones cuando unos religiosos, musulmanes en este caso, ordenaron, y llevaron a cabo, el asesinato de Theo van Gogh porque este había criticado el islam? Y sobre todo, y es lo que más me inquieta, ¿por qué los críticos del Papa se han parado en la alusión a la guerra santa y no han reparado en la subordinación de la razón frente a la fe, según es costumbre en los eclesiásticos?

Mi impresión es que una vez más es una campaña orquestada. Más allá de las intenciones políticas del Papa, lo preocupante es la reacción de los europeos, entonces con las caricaturas a Mahoma y ahora con la respuesta de bastantes musulmanes a la conferencia. Si creemos que la libertad de expresión y la crítica son necesarias en cualquier sociedad que se precie de ser libre, las reacciones de los musulmanes son inaceptables, al igual que eran inaceptables la de los católicos que se oponían a la representación de Teledeum, o al crucifijo que salió en La Edad de Oro y que le costó a su directora una querella. Pero la actitud de muchos europeos es patética por exigir que alguien tenga que pedir perdón por expresar sus ideas que no son insultantes ni hacen apología de la violencia.

Una vez más me pregunto a qué viene semejante apoyo a una religión que no nos hará más libres ni nos llevará a un mundo más humano. La prueba está en la postura que mantienen los clérigos musulmanes con respecto a la mujer, los homosexuales, la libertad y la dignidad humanas, etc. En resumen, todo aquello que tras varios siglos de lucha hemos conseguido para que la sociedad deje de estar fundamentada en principios religiosos. Lo peligroso del discurso de Ratzinger era el llamamiento a la subordinación de la razón a la fe que, repito, comparten todas las religiones, y no la crítica a otra religión. Pero una vez más erramos en las críticas, dejamos lo importante de lado para centrarnos en lo que a nuestra mirada colonizante más le atrae por exótico.



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