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20 de junio del 2002 |
El lento silencio Andrés Rivera
de Tierra de exilio. La dignidad de la derrota
¿Me da algo? El hombre de setenta años mira a los chicos -cuatro o cinco o seis- que se agolpan frente a la puerta de su casa, que tiritan en la tarde de invierno, y que levantan sus pequeñas caras oscuras y frágiles hacia él, el hombre se setenta años, silencioso y en calma, por primera vez en calma en no sabe cuánto tiempo. Y los chicos, cuyas carnes magras, y cuyos huesos tiritan bajo los pulóveres mugrientos, miran, inmóviles y silenciosos, al hombre de setenta años, después que uno de ellos murmuró, como avergonzado, me da algo, y esperan que el hombre de setenta años vele la luz helada de sus ojos y sea por un largo, largo instante, generoso, y entre a la casa, y se demore otro largo, largo instante, y regrese con seis o siete manzanas rojas y brillantes, las manzanas rojas y brillantes en dos prolijas hileras, de a tres, en una bandeja de cartón, y permita que ellos, que tiritan en la tarde de invierno, contemplen las redondeces de la fruta, el brillo de su piel, la probable consistencia de su carne. Luego, cuando una saliva espesa se les cuele entre los dientes, el hombre de setenta años repartirá su barata caridad, y ellos se dispersarán calle abajo, voraces y silenciosos, la luz del invierno sobre la sombra de sus cuerpos, como los vientos del olvido. El hombre de setenta años huele la mugre que degrada las, para él, increíblemente delicadas carnes de los chicos; huele la mugre que emana de sus gastadas ropas, y del pelo, negro, chino, suave al tacto, que les cae sobre la frente como una copa invertida. El hombre de setenta años mira los altos árboles de la calle fortuita, desnudos de verde los altos árboles de la calle fortuita, y mira las paredes de ladrillo de las viejas casas que se precipitan hacia un tajo de cemento que corta la ciudad en dos. El hombre de setenta años mira las miserias de los inviernos argentinos en una calle del exilio. El hombre de setenta años mira a Lucas, un muchacho de diecisiete años, vestido con una campera que brilla, roja y verde, en la tarde de invierno, y pantalones negros, anchos, enfundando las largas piernas flacas, y zapatillas blanquísimas, mucha goma y poca tela, en los pies huesudos, sin medias. Mira, el hombre de setenta años, a Lucas, parado detrás del chico que dijo me da algo, los labios torcidos en una mueca petulante y la cara sin barba como si posara para una fotografía que midiese su intrepidez, su desprecio por las hembras lloronas. El hombre de setenta años, que mira cómo se dibuja ese espasmo aterido en la boca de Lucas, mira, también, el Sur. Mira la acerada superficie de un lago. Mira rectos coiheus. Mira hojas amarillas, una sobre otra, y sobre otra y sobre otra, en los senderos de un bosque. Mira el silencio en los estrechos, oscuros senderos de un bosque. Mira el fragor cordillerano. El hombre de setenta años mira el silencio de la calle fortuita. El hombre mira, en el Sur, las breves, rápidas llamas en un hogar de hierro y piedra, y escucha el limpio, aterciopelado golpe de la lluvia en las tejas negras de una cabaña a la que puede volver sin cerrar los ojos. ¿Se dijo el hombre de setenta años, allá, en el Sur, que deseaba que la noche fuese interminable, y que no cesara el golpe aterciopelado de la lluvia en la noche interminable? ¿Se dijo el hombre de setenta años, tan porteño como se lo permitía la ciudad en la que nació, que no hay nombre para el exilio argentino? El hombre que dio la espalda a los chicos que tiritaban frente a la puerta de su casa, entra en la cocina a oscuras. El hombre de setenta años, sentado en una silla negra, en la cocina a oscuras, se pregunta cuánto dura una tarde de invierno.
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