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La insignia
14 de junio del 2002


Poema XXIII


María Isabel Constenla



Hay que encontrar el diálogo perdido
para que dejen de temblar las manos.
Hay que encontrar la clave que se muere
para que al fin el corazón se salve.
Salto sobre el andamio electrizado
de esta esperanza con estrellas verdes,
y caigo más en vértigo que nunca,
sin fin, sin sitio,
ignorando qué es lo que se quiere.
Tomo en las noches mi perfil de acróbata
y me lanzo otra vez por los trapecios
de soledad, silencio, canto y miedo,
para volver a la mañana siempre
con un dolor extraño de desvelo,
pensando que tal vez sea el cansancio
un modo de salvarse o de perderse.
Hay que encontrar caminos más seguros
que este camino agudo de impaciencias,
y, sobre todo, el diálogo perdido
para que dejen de doler los ojos.


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