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12 de junio del 2002 |
Alaska
Federico Quevedo
Nos habíamos olvidado del invierno hasta ayer. El frío vino en ráfagas heladas y remolinos que se agolpaban súbitos sobre las veredas, revolucionaban rincones y desaparecían. Las hojas secas giraban en círculos, subían, bajaban, se arrastraban veloces por el suelo y morían. Un hombre que atendía un quiosco las barría desesperado, ensimismado, absurdo, como si la naturaleza se hubiese apropiado de él por el sólo hecho de incluirlo en su juego y divertirse. Nadie podía saber ni suponer con certeza si en otros lados ocurría lo mismo, pero era probable que si. Y así podía verse una avenida de domingo, de autos y personas fantasmas que parecían avanzar hacia ningún lado. Dos bicicletas estacionadas y hundidas en hormigueros de hojas que se aferraban a sus ruedas, el paso esporádico de la gente encorvada, acurrucada sobre sus hombros y con la mirada perdida en la distancia estrecha que los separaba entre ese momento y el resto de sus vidas, de su otro tiempo, de su cotidianeidad no deseada.
Detrás del vidrio de un bar la noche se mostraba dueña de si misma, soberbia, distante. Ajena. Buenos Aires se había convertido en ninguna parte, quizás llevada por una necesidad de escape, de evasión generalizada, de rechazo a una nueva semana que ya mostraba sus tentáculos sobre el final del domingo. Otra vez aquello, otra vez la costumbre, la incertidumbre, la desesperación. Otra vez no. En el bar suena una radio y por momentos la música parece acompañar la orquesta de vientos que suena y se ve afuera. Algunos fantasmas entraron como en un intervalo de su avanzar sin sentido y se sentaron. Ahora fuman y toman café, lo hacen sin mirar sus tazas. Sus músculos faciales se han relajado pero sus ojos siguen y permanecen petrificados. Miran los periódicos pero no los leen. Todo igual, siempre lo mismo ¿Qué puedo esperar? El suplemento de clasificados abierto sobre la mesa en el rubro de pedidos laborales. Un joven que acaba de llegar copia con lápiz en una libreta. Personal c/conoc inglés p/empacar pescado en Alaska. Gane 8.000 dólares garantizados por mes. También anota un teléfono. Le parece absurdo pero nunca se sabe, igual voy a llamar. Se piensa haciendo aquel trabajo, construye la imagen remota y se pregunta qué habrá detrás de esa oferta. No lo puede creer pero igual no lo descarta. Nunca se sabe. Recoge su bolso, se abriga, oprime el rostro y sale. Un soplido helado entra y le sacude el cabello. Camina, se aleja, se integra en aquella disciplina natural y ordenada de pasos perdidos, de tránsitos sin rumbo. |
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