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11 de junio del 2002 |
Lisboa libro de abordo
José Cardoso Pires
Traducción de Luis Ramón Bustos
Camôes/Calle del Alecrim
Descendiendo por la calle del Alecrim, es como me prefiero a eso de las nueve y tantos de la mañana y en otoño, si es posible. Dejo el Camôes de bronce en medio de la avenida (siempre con una paloma en el hombro, nunca he sabido por qué) y comienzo a descender. A pocos pasos tengo a Eça, didáctico, levantando el velo de la fantasía a una beldad desnuda como si alguien se deslumbrase con semejantes intimidades. Ni siquiera volteo a verle, prosigo de frente. Entre tanto, cuando miro hacia el fondo de la calle, descubro que las enormes grúas de la empresa Lisnave, que están en la otra orilla, se encuentran casi en el lado de acá, encima de Cais do Sodré. ¿Atravesaron el Tajo o fue que el Tajo se empequeñeció durante la noche? Sebastián Opus Night, militante del whisky en los bares de estos rumbos, se pasa la vida afirmando que Lisboa es toda en trompe-l'oeil. Sólo que él es quien anda con el ojo embrollado desde que nació. Hermano de un juez del Opus Dei, el Opus Night nunca en la vida salió a la calle antes de que se anunciase la noche y sólo en el día de su funeral es que hará una excepción a esa regla, porque por el horario de los cementerios los muertos cierran a las cinco. Incluso allá, entre los cambios de luz del anochecer y la resaca de los whiskies de la víspera, Opus Night, Opus Knight o Copus Night continuará afirmando que Lisboa, a la luz del sol, no sirve para nada fuera de embrollarle la vista. Eso afirma, mas nunca vio Lisboa con esa luz, es lo que le falta; y si la viese tal vez quedará con la boca abierta porque es una ciudad de geometría esquiva, colinas, requiebros, ondulaciones, reflejos de un río de tonos inciertos, según los días y las mareas, un cuerpo para deletrear sin prisas. Ah, sí. "Si fuese Dios detenía el sol sobre Lisboa", escribió Fernando Assis Pacheco en un poema atontado de luz (la tan citada luz). De acuerdo, pero una ciudad caprichosa como esta nunca la puede el sol iluminar del mismo modo. Tiene que aficionarse a sus contornos y a sus instintos desordenados, a su placidez aquí, al barullo de los barrios viejos allá, y es con esos desvelos que él le da color singular. Color. De Lisboa se puede afirmar que hasta los daltónicos discuten su color. Vea allá, de preferencia el ocre pombalino, recomienda un byroniano del paisaje. El verde, el verde, opone alguien enseguida, con los ojos puestos en la Explanada del Palacio, "hasta el caballo de Don José va poniéndose verde, comido de mar", ya decía Cecilia Meireles. O el blanco, el blanco recuerda espumas de océano, cal de muros, mediterráneo, "se siente una nostalgia blanca...", escribió Mary McCarthy en una "Carta de Portugal" a Alain Tanner, cineasta civilizado, que no tuvo para más imaginación y llamó a esto Ciudad Blanca. Ciudad Blanca, qué ceguera de este Tanner Lumière. ¿Es color el blanco de su película o es metáfora? ¿Interroga las impetuosidades de una luz que en el mismo lugar, en el mismo instante y en el mismo color nunca se repite? Pregunto. Por ésas y por otras es que el color de nuestra ciudad es tan esquivo para los pintores. Lo descubrimos a veces en los dibujos acuarelados de Bernardo Marques, si, un poco; o en la delicadeza ingenua de Carlos Botelho. Está en aquel atardecer casi taciturno del "Avenida Camôes" de Abel Manta, en la "Calle Augusta de Noche" de un modestísimo académico como José Contente o en la descripción del "Mirador de Santa Catarina" de Joâo Abel, allí sin duda. Podemos verla en azul en la versión de Vieira da Silva como ya la habíamos visto en un célebre azulejo del siglo XVIII, pero en Vieira da Silva Lisboa es una memoria que se le detuvo en el corazón porque, al igual que en otros temas muy diferentes, otros de sus discursos cromáticos son ecos de los azulejos lisboetas, tanto en la luz como en la composición. Chiado, la herida de fuego Fernando Pessoa y el fraile "de las putas taberneras" (según Afonso Álvares) conocido como Chiado continúan sentados entre la lluvia, indiferentes uno del otro. Dos poetas de Lisboa, dos náufragos del fuego. La pequeña Plaza donde se sitúan (que otrora fue asaltada por fanáticos llameantes en procesiones del Santo Oficio y después traqueteada por un terremoto de acabar el mundo), esa pequeña plaza, digo, tuvo la felicidad de sobrevivir hace algunos años a un incendio que le respetó. Pero hasta donde el fuego logró llegar quedó toda reducida a lo que se sabe: escombros, cenizas, hierros torcidos, y un pasmo de quebrar el alma. Hoy cuando atravieso ese rostro corrompido de Lisboa, lo veo como una herida abierta en nuestra memoria colectiva. Más aún: es un poco de la memoria de mí mismo que quedó destrozada porque también yo subí al Chiado en diferentes edades de mis libros y con amigos de diferentes generaciones. Así, por más rápida que sea la cicatrización de estas paredes fantasmas, sé que permanecerá para siempre un humo, una sombra dolorosa que me nubla el pasado. Nunca más regresaré a la Pastelería Ferrari que venía de otro siglo con sus dorados burgueses y sus dulces de monjas. Y las tres veces centenaria Casa Batalha, ¿por cuánto tiempo seré capaz de recordarla como una reliquia anónima, presente y desconocida? ¿Y los Grandes Almacenes Grandella, con sus empleaditas que soñaban en el mostrador telenovelas? Es posible definir Lisboa como un símbolo. Como la Praga de Kafka, como el Dublín de Joyce o como el Buenos Aires de Borges. Sí, es posible. Sin embargo, más que las ciudades, es siempre un barrio o un lugar el que caracteriza esa definición y la fidelidad tantas veces inconsciente que les dedicamos. El Chiado, en este caso. Su geografía cultural, su luminosidad diurna, la paz provinciana de sus calles por la noche, tanta cosa, tanta cosa. Pero sucede que el Chiado no puede ser resumido a una efemérides, a un libro de oro o a un Belvedere por donde pasaron las primaveras de las Bellas-Letras/Bellas-Artes de un país. Está también en el trayecto de nuestro Ideario social contemporáneo, en la evolución de nuestra política, y ese es un capítulo que le cabe en párrafos de gran honra. Aún hoy, cuando accedo a la plaza Rafael Bordalo Pinheiro, con aquel edificio en el fondo decorado con figuras masónicas, desvío en ocasiones la mirada para la antigua casa que fue el Casino Lisboeta donde ocurrieron las "Conferencias Democráticas" que clausuraron nuestra sociedad decimonónica. Antero, José Fontana, Eça y Oliveira Martins me brotan inmediatamente porque fueron ellos quienes en aquellas salas realizaron el gran "Pronunciamiento" de la modernidad del país. Y si desciendo algunos metros y me veo en la Plaza do Carmo, con la fuente al centro salpicada de pajarillos, entonces alguna cosa me pasma por completo, porque fue allí que pasé el momento más conmovedor de mi vida ciudadana. Plaza do Carmo del año de 74, ¿quién te puede olvidar? Era primavera y la capital proclamaba la Revolución de los Claveles frente a los dueños de la Dictadura encerrados en un cuartel. Regreso allá, de cuando en vez, después del incendio. Las llamas no llegaron hasta allí, palomas minuciosas cubren la Plaza y se oye el agua correr. Chiado, en paz después del tumulto. Qué feliz un lugar como éste que, pese a los sismos y las llamas, tuvo la fortuna de ser el palco de la hora que liberó a un país. Miro y recuerdo, pero hay una parte de él que está desfigurada para siempre. Y eso duele, no olvida. Cuando aquellas cicatrices se hayan cerrado, ¿cómo será este rostro de mí mismo? |
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