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12 de agosto del 2002 |
Eduardo Galeano
Parecen quietos, pero respiran y se mueven, buscando luz. Y parecen mudos, pero hablan.
Poco se sabe. Está probado, al menos, que cuando un árbol sufre golpes o lastimaduras, se defiende transpirando veneno y lanza una señal de alerta a los árboles cercanos. Por el aire viajan palabras que en idioma arbolés dicen: peligro, y dicen: cuidado. Y entonces también los árboles cercanos se defienden transpirando veneno. Quizás ha sido así desde que los primeros árboles se irguieron sobre la tierra, y se multiplicaron, y tan inmensos fueron los bosques que una ardilla podía recorrer el mundo de rama en rama. Ahora, entre desierto y desierto, los árboles sobrevivientes mantienen viva esta antigua costumbre de buenos vecinos. |
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