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4 de abril del 2002 |
Cinco poetas palestinos
Versiones e introducción de Fernando Cisneros
"Para los poetas de Palestina, la alienación del solar de sus antepasados constituye naturalmente un tema en sí", nos dice Fernando Cisneros, autor de la nota introductoria y las traducciones de los seis poemas que presentamos aquí, animados precisamente por el deseo expresado por Cisneros: contribuir, con la difusión de un aspecto de la cultura palestina que siempre queda opacado por la preeminencia del conflicto bélico en Medio Oriente, al establecimiento de "una nueva etapa en la coexistencia de dos sociedades y dos culturas obligadas a la convivencia".
Existe un motivo que reaparece siempre en la poesía palestina, el cual vuelve a emerger de manera natural en todas las formas de su expresión, tanto en los poemas de amor como en los impulsos líricos. Lo anterior no tiene nada de extraño, por otra parte, pues se basa en algo ineludible: el sentimiento de despojo de todo aquello llamado patria en sus manifestaciones más concretas, con la experiencia de opresión resultante de tal denegación. La vivencia palestina no puede separarse de este hecho a partir del momento en que se establece el dominio, sobre su propio territorio, de una formación estatal que excluye a los propios palestinos, desde un principio, de su proyecto. Si hoy día una parte mayoritaria de la sociedad israelí pareciera finalmente renunciar en parte a ese rasgo y hacer concesiones, a pesar de no eliminar toda exclusión, podría comenzar una nueva etapa en la coexistencia de dos sociedades y dos culturas obligadas a la convivencia. Para los poetas de Palestina, la alienación del solar de sus antepasados constituye naturalmente un tema en sí; la encontramos descrita por Jabrâ Ibrâhîm Jabrâ, "En los desiertos del exilio": "...Nuestra verde Palestina/ su marzo adorna los cerros de peonías y narcisos... mayo, nuestra canción bucólica... bailábamos el dabke en tiempo de la cosecha...", imagen de las estaciones en una tierra idílica hasta que "...derribaron los techos de las casas encima de nosotros/ esparcieron nuestros restos/ nos extendieron frente el desierto". Es la realidad del desalojo, que muestra toda su crudeza en el poblado de Deir Yasín, donde el grupo sionista radical Stern perpetró una matanza terrible de mujeres y niños, atiborrando de cadáveres el pozo de la aldea -de donde proviene el juego de imágenes acerca del brocal en el poema aquí presentado. Tanto para los expulsados -la mayoría- como para los que han permanecido después de 1948, la presencia incuestionable de una línea, un límite ajeno e impuesto, imposible de atravesar, del que tampoco se puede escapar: más allá, todo se detiene: los perros y la luna lorquiana, que no roba más las pulseras de los que se han convertido en nuevos nómadas, en el primer poema de Mu'in Bsisu. En tanto, Rashîd Husayn en "A una nube" se asume como la encarnación de la Tierra. Mahmud Darwish denuncia la discriminación sufrida por los que quedaron bajo el control absoluto del nuevo Estado, el que irónicamente se ufanaba de ser símbolo de esperanza para otros antiguos perseguidos: "Escribe que soy árabe [...] vosotros habéis robado las viñas de mi abuelo." El poeta de las reivindicaciones describe aquí el horror de una matanza de trabajos agrícolas, emboscados y ametrallados por soldados israelíes en las cercanías de la localidad de Kafr Qâsim, por medio de una sorprendente sucesión de imágenes, casi cinematográficas, hiladas alrededor de "El caído número 18", en donde se suceden, contrastantes, las escenas relativas a la felicidad conyugal con la brutalidad de la acción. La anonimia, ya aparente como uno de los rasgos más acusados en los ejemplos anteriores, se muestra en combinación con los símbolos del hogar y de la pertenencia, en "No", poema también de Mu'in Bsisu. La totalidad se condensa en "el muro de una casa" de la Franja de Gaza, al tiempo que el poeta reprueba la inutilidad de las reacciones a la ocupación, mientras Samîh al-Qâsim, en el "Caballo salvaje", nos remite a la situación del pueblo sin país, como un sino duro, particularmente en una era de nacionalismos, destino que además no ha sido de propia elección. Salmà Yayyûsî nos habla finalmente de la resistencia como parte de un carácter innato que surge de la tierra, como en el caso del poema de Rashî Husayn encarnado en sus hijos, enfrentando la inevitabilidad de la rebelión y el sacrificio que suscita.
El brocal del pozo
Brocal del pozo,
Del brocal del pozo, nuevo Gólgota
La luna, doce años después
Aquí las huellas se detienen
A una nube
Yo soy la tierra
¡No!
Sus heridas decían: ¡No!
¡Compañeros gansos!
¡Oh, las piedras!
El caballo salvaje
Monté tu caballo salvaje
¡Aquí, París!
Azuzo, aflicción indomable, tus flancos salvajes
Prometo, oh Señor
¡Aquí, Ammán!
¿Cómo escapar?.... ¿cómo?, de nuestras raíces terrestres
Elegía a los mártires
Sé bien que han muerto "para que la patria viva" ***
Recuerda,
Recuerda,
Recuerda,
***
Así murieron, otros seguirán su destino,
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