Portada Directorio Buscador Álbum Redacción Correo
La insignia
26 de septiembre del 2003


Vendiendo Chile


__Suplemento__
Cumbre de Cancún
Iván Valdés
El Siglo / La Insignia. Chile, septiembre del 2003.


La última cumbre de la Organización Mundial de Comercio realizada entre el 10 y el 14 de septiembre en el balneario mexicano de Cancún, fue una reunión especial. Especial, no por el fracaso de su objetivo autoproclamado de profundizar las políticas emanadas del FMI -puesto que una situación similar se viene viviendo desde la memorable jornada de Seattle-, como tampoco por las masivas manifestaciones de protesta que vienen aparejadas a estos cónclaves.

Fue especial porque por primera vez los países subdesarrollados fueron capaces de agruparse en un gran bloque y articular sus diversos intereses en torno a un arco común: conseguir una globalización más justa, evitando que los países ricos sigan imponiendo sus términos sin contrapeso. Un escenario en donde, más allá de la retórica, Chile aparece como la excepción, al aceptar términos, a través del TLC, que para sus pares son inaceptables.

El problema agrícola

Quizás como nunca antes, Cancún puso sobre el tapete de la opinión pública mundial un esquema globalizador que sonrojaría hasta al más obsecuente de los cónsules. El doble estándar de los heraldos del neoliberalismo hoy es inocultable: mientras a los países pobres se les exige una liberalización a ultranza de sus economías, los países desarrollados mantienen y perfeccionan sendos instrumentos proteccionistas. Una realidad en la que quizás la agricultura es el ejemplo más patético.

Dentro del amplio abanico proteccionista que utiliza el norte desarrollado, lo que en la cumbre estuvo en el centro de la polémica fueron los subsidios. En la actualidad, EE.UU. y Europa representan el 52% del mercado mundial de alimentos, una posición privilegiada que obtienen apoyándose en sus abultados subsidios de más de 320.000 millones de dólares. "Así aumentan artificialmente la competitividad de sus producciones agrícolas a costa de desplazar a productores de países en desarrollo", advierte el economista Hugo Fazio.

Según datos entregados por el propio el Banco Mundial a la última cumbre de la OMC, EE.UU., sólo al algodón, le entrega subsidios que superan los 3.000 millones de dólares, cifra no sólo escandalosa porque triplica la ayuda que entrega ese país a África, sino porque hace bajar artificialmente los precios del algodón en el mundo, perjudicando justamente a los productores de los países pobres, lo que sólo para el continente negro representa una caída en los ingresos estimada en 250 millones de dólares.

Similar situación es la que viven los productores mexicanos de maíz. Según un estudio de Oxfam, los 10.000 millones de dólares que entrega Washington a sus productores de maíz han hecho bajar los precios del grano hasta en un 70% en el país azteca, situación que se inicia en 1994 cuando México firma el TLC con EE.UU. La caída de los precios, producto del dumping estadounidense, ha hecho prácticamente colapsar este sector agrícola en México.

En torno a estos temas, por primera vez se articuló un frente común entre los países en desarrollo, el llamado G-20, o Grupo de los 20, encabezados por Brasil, India y Sudáfrica, con el decisivo apoyo de China, grupo que reúne al 65% de la población mundial que vive de la agricultura. La idea era convertirse en un contrapeso frente a los países desarrollados, y lo consiguieron.

La agenda de Singapur

Pero no fue el problema agrícola el que sentenció el fracaso de la cumbre, sino la imposición por parte de los países desarrollados de los llamados "temas de Singapur", denominados así por haberse propuesto durante la cumbre desarrollada en ese lugar. Esta agenda recoge en esencia las conclusiones del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), recogiendo la idea de la apertura de los mercados, la llamada trasparencia en las adquisiciones públicas -que no es otra cosa que permitir el acceso de las empresas extranjeras a las compras de los gobiernos- y aumentar la protección a la propiedad intelectual, es decir, preservar los beneficios del conocimiento a los grandes monopolios privados de la investigación existentes.

Ante la insistencia de los países subdesarrollados de establecer relaciones comerciales más justas en la agricultura, los países desarrollados intentaron poner esto como moneda de cambio para la imposición de los "temas de Singapur", es decir, estaban dispuestos a ceder algunos centímetros sobre sus subsidios siempre y cuando los países pobres aceptaran reestructurase para aceptar en mejores condiciones las inversiones extranjeras. Esto gatilló el quiebre. El grupo que articuló a los países en desarrollo consideró la estrategia del norte como inaceptable. La cumbre terminó sin llegar a conclusiones determinantes, lo que llevó a los países desarrollados a proclamar con más fuerza su nueva estrategia: ya que no pudieron doblegar a los pobres en una instancia multilateral gracias a la unión de éstos, ahora la apuesta es lograrlo mediante tratativas bilaterales o por bloques regionales, tal como lo hicieron con Chile a través del TLC.

De Cancún a Santiago

Si bien el gobierno de Chile participó del G-20, en los hechos asumió una posición absolutamente contraria a la de sus pares. A diferencia de la posición tomada por los países pobres en Cancún, Chile sí estuvo dispuesto a abrir plenamente sus fronteras al capital extranjero, sin esperar reciprocidad por parte de su contraparte desarrollada.

Un claro ejemplo de esto es la propia agricultura. El gobierno chileno estuvo dispuesto a eliminar las escasas protecciones que tenía el sector sin exigir a cambio que variara sustancialmente el hipertrofiado aparataje proteccionista que mantienen los países desarrollados y en particular EE.UU. ¿Qué pasará con nuestra agricultura? ¿seguirá el tristemente célebre camino de México? Todo indica que sí.

Esta situación ha generado una amplia polémica entre el gobierno y los agricultores apoyados por una amplia gama parlamentaria, que exigen compensaciones a un sector que será fuertemente golpeado con el TLC. Hasta ahora la posición de La Moneda es inflexible: con el tratado todos ganan, por lo que no hay compensación posible, tal como lo enfatiza al ministro de Agricultura Jaime Campos: "Yo aprendí en la escuela de Derecho que las compensaciones son consecuencia de un perjuicio. (…) Creo que el TLC con EE.UU. no provocará ningún daño a la agricultura chilena; por el contrario, implica una gran oportunidad". Extraña posición si consideramos que tras el acuerdo con el Mercosur se establecieron compensaciones por 500 millones de dólares.

En cuanto a los "temas de Singapur", esos mismos que provocaron el fracaso de la cumbre, ya fueron aceptados sin reparos por nuestro país. Al respecto son elocuentes las palabras de la propia canciller Alvear: "Chile no tiene problemas en discutir ninguno de los cuatro puntos de la agenda de Singapur. Por ejemplo, en materia de compras públicas hemos llegado a acuerdos con los Tratados de Libre Comercio que hemos firmado".

Tras el fracaso de Cancún, la salida para los países pobres no parece ser otra que la de consolidar su integración, fortaleciendo de esta manera sus posiciones a nivel global y no optar por la salida preconizada por el norte desarrollado de avanzar en agendas bilaterales que a todas luces -y tal como lo demuestra el caso chileno- sólo terminan por imponer los intereses de la contraparte más poderosa.



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad | Ciencia y tecnología | Directorio | Redacción | Proyecto