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18 de agosto del 2003 |
Marcelo Colussi
La Universidad del Pacífico, en Chile, acaba de conceder el grado académico de Doctor Honoris Causa en Comunicación Social a Mario Kreutzberger. Eso no nos diría nada si no fuera que el galardonado es el personaje conocido popularmente como Don Francisco, y el motivo por el que se entrega el galardón es el haber presentado durante años el programa Sábado gigante, gigantesca estupidez con se castiga semanalmente a los telespectadores latinoamericanos.
Surge entonces la pregunta inmediata, más allá de la figura particular del señor Kreutzberger: ¿qué significa esto? ¿Qué se está premiando? Sin dudas las reflexiones que intentamos abrir no son nuevas, ya se ha dicho mucho al respecto. De todos modos intentamos retomar esto una vez más porque su vigencia sigue siendo de primera importancia, y el ámbito mediático cada vez más define lo social, lo humano en términos amplios: marca proyectos de vida, ayuda a decidir la historia. El programa Sábado gigante, al igual que otros tantos similares que por allí pululan, quizá sin tanto éxito, no es sólo entretenimiento. Podemos hacer extensiva la idea a todo lo que aparece en los medios masivos de comunicación: fuera de lo específicamente informativo/formativo (noticias, programas de difusión científica), bastante escaso por cierto, la mayor parte es entretenimiento -ello es más evidente en los medios radiales y televisivos que en la prensa escrita, y relativamente en Internet-. No obstante las diferencias de presentación, buena parte del ámbito mediático está dedicado a divertir, incluso también la prensa escrita (los diarios más vendidos, en todas partes, son los tabloides sensacionalistas, más volcados a lo espectacular y a las futilidades que a la información genuina). En sí mismo nada tendría de criticable el hecho de presentar diversión, entretenimiento, pasatiempo, a través de medios masivos. En definitiva son una mercadería más, y en una lógica de consumo de mercado tienen todo el derecho a existir y ofrecerse; se supone que no faltará quien los compre -por otro lado divertirse es rico, y necesario-. El problema surge en la medida en que dejan de ser mero solaz pasajero y pasan a jugar otro papel en la dinámica social. Y un papel muy especial: son un factor de poder más poderoso que los aparatos de estado y sobre los que la población no tiene ninguna capacidad de control. Podría alegarse que al público, en tanto consumidor, le gusta consumir ese tipo de simplicidad. Círculo vicioso interminable: ¿el público es estúpido, o se lo vuelve estúpido? Ambas cosas, sin duda (lo digo en primera persona, y me incluyo como uno de los consumidores de porquería mediática. ¿Quién puede escapar a eso? ¿Quién y en qué medida puede dejar de ser estúpido?) El mundo generado por el desarrollo del capitalismo cada vez se unifica más, y desde las primeras décadas del siglo XX va homogeneizándose ininterrumpidamente en términos culturales más allá de las enormes distancias entre países con consumos voraces y los pobres y raquíticos. La lógica dominante es consumir, y ahí están los medios de comunicación como un producto más para el mercado, avanzando en su acumulación de fortunas, en su poder político, en su imposición de ideología universal. De hecho, y como una tendencia siempre en ascenso, las grandes corporaciones dedicadas a la comunicación (proveedores de tecnologías -equipos diversos-, cadenas de medios) van teniendo sitiales preferenciales entre las megaempresas multinacionales. Su peso es hoy tan decisivo -incluso más- que el de los dueños del petróleo, los grandes banqueros o los fabricantes de armas. Por tanto, los medios masivos de comunicación no son un apéndice en el tejido social: hoy por hoy, lo ayudan a tejer; o si se prefiere: lo tejen, lisa y llanamente. Se ha dicho que, cada vez más, la transmisión cultural del mundo moderno se da no tanto en la familia o en el sistema educativo formal, sino en los medios, especialmente la televisión. De ahí la importancia tan grande de no quedarse con la idea que estamos sólo ante diversión inofensiva. Los medios de comunicación pueden ser un peligro no tanto por lo que informan, sino justamente por lo que no informan. Comunican hasta el hartazgo, pero para no comunicar nada. Y como muestra trágicamente elocuente de esta tendencia, ahí está Sábado gigante y su recién laureado conductor. Probablemente el Licenciado Mario Kreutzberger sea merecedor de este reconocimiento, no es ése el punto. La cuestión se plantea en torno a lo ofertado con estos programas, y lo que ayudan a constituir en términos sociales. Por cierto que la respuesta es rápida e indubitable: es una manera de reafirmar el papel de explotadas y marginadas de las grandes masas populares. En otros términos: una reedición moderna, corregida y aumentada, del pan y circo romano. Después de esto creo ya no podemos tomarnos más en serio los doctorados honoris causa; eso, como mínimo. Los shows televisivos nunca nos los tomamos en serio; más bien, en forma creciente, vemos su papel nocivo en la sociedad. Si Marx, en el siglo XIX, pudo decir que «la religión es el opio de los pueblos», en el XXI podemos decirlo en buena parte, excesiva quizá, de la comunicación social. |
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