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La insignia
10 de agosto del 2003


Rommel en Huamanga


Rocío Silva Santisteban
La Insignia. Perú, agosto del 2003.


El trompo está desgastado, tiene la púa roma, la huacha del cordón con que se jala está armada con dos palitos de madera, pero igual frente a los ojos del respetable, Rommel empieza su espectáculo y demuestra a Ayacucho y al mundo, que es el número uno. Mientras juega en medio de la plazuela del Centro Cultural San Cristóbal intenta escandalizarme. "Karina, ¿por qué está preso tu papá, ah?..." Y Karina, también once años, pero un poco más tímida, sentada en las escaleras de piedra, sólo se me queda mirando. "Cuenta, pe" insiste Rommel y Karina balbucea "por violación".

Karina tiene la cara ovalada, los ojos grandes y redondos, la piel curtida por el frío. Me dice que su madre está enferma y que ella y sus cinco hermanos salen todos los días por la noche a vender caramelos, esa apenas disimulada forma de mendicidad. "Pero sí voy al colegio", me aclara. Rommel también va al colegio y sabe leer mejor que Karina. Ambos parecen de ocho años, pero es Karina quien lleva unos cuantos pelos rubios en la cabeza, clásico signo de desnutrición. El próximo año los dos van a entrar al colegio secundario y saben apenas leer, aunque son mejores con las sumas y las restas. Rommel dice que por las noches no come porque en su casa sólo preparan comida para su hermano que está en la policía. Hace unos años Aldo Panfichi, sociólogo, me comentó que las familias de los jugadores infantiles del Alianza Lima sólo le dan la presa al hijo que está en carrera a ser futbolista. Las proteínas son, literalmente, para los más fuertes.

Pero a diferencia de Karina, Rommel lustra zapatos. Tiene una cajita medio rota donde lleva las pomadas, los tintes de las gamuzas y los cepillos. Se ríe cuando me enseña su zapato hambriento donde se pueden distinguir a la perfección cada una de las uñas de sus pies. Otro lustrabotas es Jonathan: "pero yo soy el mejor del mundo". Jonathan tiene un auténtico espíritu empresarial: compra El Trome todos los días para que sus clientes lean mientras él se dedica a la faena, su caja de zapatos tiene compartimentos adecuados para todos y cada uno de sus pomitos de tintes. "Saco mucho más que los hermanos de Karina vendiendo caramelos en la plaza... odio pedir limosna". Jonathan estudia en el colegio Mariscal Cáceres y Rommel en el colegio El Maestro, pero ninguno de los dos está convencidos de que yo sea profesora de literatura. Jonathan me pregunta quién escribió el Poema XX y yo le digo que Neruda. Entonces se despacha con los primeros versos y yo continúo con "el cielo está estrellado y titilan azules...". No, está mal, me corrige, es "la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos". Vaya, me ganaste, campeón.

Los tres son hijos de la posguerra ayacuchana y a pesar de la dureza de la vida, no han sufrido la orfandad de los años 80, cuando miles de niños, los "resilientes", salieron adelante pese a los cadáveres que jugaban a cubrir con periódicos por las mañanas. Sin embargo, hoy en Ayacucho la tasa de desnutrición crónica es de 33,6%, la de analfabetismo llega al 29,5% y el ausentismo escolar a 66%; hay 200 mil niñas del campo que no acceden ni siquiera a la educación básica. Pero unas son las cifras y otra la vida palpada día a día, la impotencia de no tener posibilidad de comprar otro trompo, las uñas teñidas del color del tinte para zapatos, los pelos rubios. Por desgracia, ni Rommel ni Jonathan ni Karina son precisamente un error en las estadísticas.



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