| Portada | Directorio | Debates | Buscador | Redacción | Correo |
|
|
|
| 11 de noviembre del 2001 |
|
EEUU en guerra
Tenemos derecho a cuestionar
Ana Colchero (*)
Veo los noticiarios estadounidenses y me reviven mis años en la primaria gringa en la que estudié, en la cual caí por la ilusión de mis padres de que yo sí estudiara inglés. El único problema es que ahí fui una eterna inadaptada. Sus códigos de conducta me eran completamente ajenos. Y es que las cosas podían ser de una sola manera: la de ellos.
Una de las reglas fundamentales era la competencia permanente entre alumnos. Estoy hablando de niños. Dicha competencia era propiciada sin cesar por maestros y directivos. Tu compañero era ante todo tu contrincante. La debilidad y la "disidencia" eran los peores "delitos". La debilidad te marginaba; la disidencia también, pero con el agravante de que te trataban como alguien despreciable y peligroso al mismo tiempo. Mi recuerdo podría parecer exagerado, pero es un recuerdo revivido de la infancia, y uno siente con esa intensidad cuando es niño. Cuando se discutía un hecho había que partir de la premisa establecida, la cual no se podía discutir. Yo muchas veces quise empezar por discutir dicha premisa, pero no estaba permitido. Esto llevaba siempre a una visión simplista y predeterminada de cualquier tema. Por eso ver los noticiarios hoy me recuerda aquella escuela, pequeño universo representativo de una parte de la idiosincrasia gringa. Desde las primeras horas del 11 de septiembre, los medios determinaron que los atentados habían sido cometidos por Bin Laden y los norteamericanos lo aceptaron sin discutir. Partiendo de esa premisa inamovible empezaron los análisis y las discusiones sobre el futuro. Muy pocos en el mundo occidental han puesto en duda la culpabilidad de Bin Laden, pese a que nadie conoce las famosas pruebas de Bush contra él, excepto Blair. Parece que nadie se atreve a cuestionar el veredicto de los gringos, aun cuando el sentido común nos dice que faltan muchos datos para confirmarlo. Bien podría ser, pero yo no he recibido elementos suficientes para aceptarlo como válido. Los gringos no se han tomado la molestia de informar al mundo para justificar sus ataques, y esto sí me preocupa. Les hemos dado a los estadunidenses carta blanca para hacer lo que quieran en el mundo, sin tener siquiera que probar sus acusaciones. Aun los que pedimos alto a la masacre en Afganistán nos hemos olvidado de esto. De una u otra manera hemos aceptado que los terroristas del 11 de septiembre fueron Bin Laden y su grupo Al Qaeda. Muchos de nosotros todavía tenemos dudas sobre la autoría de los atentados, pero muy pocos se atreven a decirlo. Así como los gringos pretenden de nosotros un acto de fe y que creamos que fue Bin Laden, así yo no estoy dispuesta a otorgarles mi fe sin pruebas. Muchos dirán que ahora mismo ya no importa quién fue, y que lo importante es parar la guerra. Yo creo que sí importa, pues de probarse que no fue Al Qaeda, las cosas serían completamente distintas. Si pusiéramos como hipótesis la posibilidad de que hubiera sido una organización interna de Estados Unidos (como se sospecha en el caso de los envíos de cartas contaminadas con ántrax), los bombardeos a Afganistán no tienen justificación alguna y tendrían que pararse inmediatamente. Estados Unidos tendría que dar más de una explicación y emprender la reparación de los daños causados a ese país. Se desmoronaría todo la llamada lucha anti-terrorista en esa parte del mundo. Pero al parecer hemos aceptado la culpabilidad de Bin Laden, sin siquiera pedir pruebas. Nos hemos restado esa posibilidad, ese arma para protestar contra la masacre y poner un poco en aprietos a Bush. Estados Unidos puede a partir de ahora decidir quién es terrorista sin aportar prueba alguna. Está claro que cualquiera que le estorbe será catalogado como terrorista, con la complicidad de la mayoría de los gobiernos del mundo. El panorama internacional no podría ser más aterrador. Los medios de comunicación estadounidenses controlan la información y toda posibilidad de investigación independiente de los hechos. La cantidad de huecos informativos sobre los atentados es impresionante. Hay muchas preguntas, pero nadie habla de ello en los medios, casi ningún periodista cuestiona o investiga. Estamos sumidos en la ignorancia sobre lo que realmente está pasando en Afganistán. Todos parecen aceptar la censura estadunidense sin rechistar. En el mundo de la información, estamos más a oscuras que nunca y más asimilados que nunca. La combinación extraña de temor por los atentados, pena por los muertos y el sentimiento de culpa --que nos provoca que muy dentro de nosotros sintamos un pequeño placer porque los atentados fueron contra los norteamericanos--, parece que nos tiene inmovilizados. Nadie en su sano juicio se alegra de las muertes en las Torres Gemelas, pero sí de sentir que los estadunidenses no eran invulnerables. Esto es humano, no podíamos dejar de recordar el daño que los gringos han hecho en el mundo. Debemos pasar ya a un escenario de protesta distinto. No podemos dejar de exigir al gobierno de Estados Unidos las pruebas contra Bin Laden, sobra decir que no por ser simpatizantes de éste, sino simplemente por un principio de justicia elemental y de respeto a los ciudadanos del mundo. Hoy es él, mañana podríamos ser nosotros. Están en juego los derechos humanos que hemos conquistado. El derecho a disentir, el derecho a ser diferente, el derecho a la información, el derecho a la privacidad de la correspondencia, el derecho a ser inocente mientras no se demuestre lo contrario, el derecho a no ser detenido sin justificación. Todos éstos y más están a punto de dejar de ser derechos individuales en aras de protegernos de un enemigo fantasma. Es ocioso decir que lo que está en juego no es la supremacía del bien contra el mal, o de los talibanes sobre los estadounidenses y sus aliados, o del Islam sobre occidente. Simple y llanamente están en juego los intereses del poder económico supranacional. Contra éste tiene que alzarse nuestra protesta, no contra la guerra en abstracto, no en favor de una paz en abstracto. Tenemos derecho a cuestionar y a poner en duda lo que el gobierno de Estados Unidos quiere hacernos creer. El que hayan muerto miles de sus conciudadanos en los atentados no les da derecho a tenernos como rehenes de conciencia. Ya nos imponen sus mercancías y sus doctrinas económicas, no permitamos que nos impongan además una política macartista en nuestros países. Esto sería el ingrediente final de la dominación global. Hoy, como cuando era niña, me opongo a que me dicten lo que tengo que pensar. No podemos combatir a los gringos con sus propias armas, pero al menos podemos negarnos a aceptar sus engaños y su hipocresía. Podemos negarnos a que insulten nuestra inteligencia. Podemos resistir para no perder nunca nuestra libertad de pensar. (*) Actriz y activista mexicana. |
|||